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"El vino fue la primera industria nacional"

Del otro lado está Felipe Pigna y el abanico de temas sobre los que podría girar la conversación desfilan por el cerebro mientras se acomoda. Se define como "barero" y recuerda los domingos en Las Violetas con su papá. "Vivíamos a dos cuadras, en el mismo edificio que Quino, nosotros en el 3er piso, él en el 6to, Medrano 319. Y los domingos íbamos con mi papá y me decía: ése que está ahí, de bigotes, se llama Arturo Jauretche", cuenta, y la lista sigue creciendo. "Este fin de semana voy a estar en la Feria Leer y Comer hablando del vino y su historia, vamos con eso", propone.

¿Desde el principio?

Es la primera industria nacional, empieza en Santiago del Estero de manera azarosa. Resulta que no tenían sacerdote, mandan a buscar uno a Chile y viene el padre Juan Cedrón, que entre sus bártulos lleva un sarmiento y planta de vid. Hablamos de 1580, Buenos Aires acababa de ser fundada por Juan de Garay. Después, el cultivo se traslada a Cuyo y al Norte argentino.

Entre las curiosidades históricas menciona que la producción de vinos estaba prohibida por la Corona española, pero gracias a la presión los productores logran cambiar la prohibición por un impuesto. Y ahí sucede otra cosa, porque como la Corona no podía prohibir a las órdenes religiosas producir vino porque lo usaban en misa, gran parte de la producción privada se empieza a vender a través de la Iglesia para no tributar al fisco español. Melchora Lemos es de las primeras emprendedoras privadas del sector, que luego recibe gran impulso del mismísimo San Martín.

¿Por qué?

Es autor del primer proyecto de ley protectora del vino argentino, que se discute en el Congreso de Tucumán, aunque finalmente no se aprueba por la posición liberal de los diputados porteños.

¿Qué tomaban en la Ciudad en esa época?

Se tomaba el vino carlón que venía de Mendoza, al que se le agregaba mosto cocido para conservarlo y que no se avinagrara. Era el vino barato. Y las clases altas consumían vinos de Málaga o de Francia, importados.

¿En las casas o en las pulperías?

Los ricos en sus casas, los pobres en el mostrador de la pulpería, donde la bebida más común era el aguardiente de caña. En las zonas rurales se consumía mucho alcohol porque era más sano que el agua.

La inmigración trae vermut y otras bebidas...

El inmigrante trae sus gustos y su demanda de productos y, por eso, crece enormemente la producción vitivinícola en Mendoza, con foco en la cantidad más que en la calidad.

¿Siempre estuvo tan instalado el vino?

Sí. Sin la cuestión gourmet o sommelier del vino. El vino se tomaba en las casas, en el almuerzo y en la cena. Crecí en los 60 y los chicos tomábamos vino con soda, las bebidas cola eran para los cumpleaños.
¿Qué otros personajes o momentos históricos se relacionan con el vino?
Perón consumía vino, tenía preferencia por el Carcassonne, de los más finos de la época. Tomaba su copita con Evita todos los días. Era una persona muy rutinaria en su comida. Asado, puchero... parecido a San Martín.

Pastel de papas, también.

Eso, sí. Y otra cosa interesante del peronismo es que por ley permite estirar el vino. Fue tanto el incremento del consumo en términos generales que no alcanzaba, entonces hay una ley que permite agregarle agua.

A fines de los 80 y los 90, hay un refinamiento del gusto que tiene que ver con lo que sucede con la gastronomía en general...

El enganche perfecto es la ley que declara al vino Bebida Nacional. El vino está presente en todo el país, el cultivo se ha extendido a todo el territorio y las comidas argentinas tienen como maridaje preferido el vino: la empanada, el locro, el asado, lo que quieras. Otra cosa linda es que es una bebida social, el descorche es social, para compartir. El emborracharse solo, la bebida melancólica, el dolor, es más bien con bebida blanca.

Durante la escritura de Al gran pueblo argentino salud compartió charlas con el gran Miguel Brascó. "Desmitificaba el vino, decía que no tenía que haber tanto verso, que hay que disfrutarlo en serio y no para demostrar que uno sabe. Son placeres, eso es lo bueno de eventos como Leer y Comer, que le saca la sacralidad a la lectura. Hay que naturalizar la lectura, seguimos transmitiendo el mensaje de que es para pocos cuando debería formar parte de la cotidianeidad", cierra.


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